La figura arbitral también en la lucha canaria es objeto de controversia. Sobre todo desde que al aficionado medio solo le interesa que su equipo gane incluso por encima del reglamento. De ahí que el juez de cada contienda sea el gran señalado por esa subjetividad del poblador del graderío en un deporte que surgió de la sencillez de las eras (como apuntaba el docto y añorado Buenaventura Pérez y Pérez) y concebido para el deleite sin la transgresión de sus nobles e innegociables principios. Pero el encargado de impartir justicia es un mal no solo necesario, sino incluso imprescindible, como parte de un colectivo discutido sin el que no tendría sentido ningún deporte. Con todo —de ahí parte de su trascendencia—, no conviene olvidar que sus decisiones puede que no solo afecten a un desenlace determinado de la contienda, sino, incluso, a su resultado.
Los árbitros, en su largo recorrido a través de la historia de la lucha canaria, ya eran reclamados para ese cometido antes de la etapa institucional como elementos que velaban por el cumplimiento de la normativa establecida para cada encuentro y que se basaba principalmente en la aplicación del sistema de agarre, duración de la agarrada, cumplimiento de la esencia de la lucha evitando las irregularidades, el estado de la ropa de brega y la decisión en las caídas.

Más tarde aparecieron los denominados jueces de terrero, también conocidos como hombres buenos por el concepto de personas serias y honestas. Solían ser dos o tres escogidos de entre el público, habitualmente exluchadores de prestigio o personas entendidas, que se situaban alrededor del terrero con el fin de tener perspectivas diferentes a la hora de tomar una decisión. Posteriormente, ya metidos en la etapa institucional, la propia Federación Canaria de Luchas era la que designaba directamente a tres jueces de terrero, todos afines a la propia federación y con mucho prestigio, que, a diferencia de los anteriores, se situaban en la mesa federativa al objeto de que pudieran debatir sobre las caídas ajustadas sin tener que desplazarse de un lugar a otro.
En ambos casos estaban asistidos por un árbitro que hacía su función en el propio círculo de brega, aunque su competencia era muy limitada y se ceñía exclusivamente al agarre, evitar las incorrecciones, hacer cumplir la normativa y levantar la mano al vencedor cuando su victoria era clara. Pero el punto de inflexión llegó a la hora de eliminar aquellos intensos debates para sentenciar el resultado de una caída ajustada. Hasta el punto de que las luchadas llegaron a ser tediosas y se prolongaban en el tiempo hasta desesperar a los aficionados; más si tenemos en cuenta que eran atletas de poco peso, mucha agilidad, técnica y destreza, lo que propiciaba que, en el desenlace, ambos llegaran al suelo prácticamente a la par.

Por eso la Federación Canaria de Luchas tomó cartas en el asunto y, el día 21 de enero de 1946, creó el Colegio de Árbitros de Lucha Canaria, que presidió José del Castillo González. Junto con este, el secretario Pedro López Samuel y los vocales Juan Betancor Peña, Agrícola García y Espinosa de los Monteros y Francisco Martín Marrero. En su primera reunión se acordó remitir una circular comunicando la celebración de exámenes para aspirantes a árbitros colegiados, con el fin de que pudieran actuar en el próximo campeonato provincial de luchas.
Constituido el Colegio de Árbitros, estos comenzaron a tener mayor protagonismo y, el 31 de enero de 1949, el periódico semanal Aire Libre anunciaba que «la Federación Tinerfeña ha implantado la modalidad de conceder amplios poderes, para todo, al árbitro, evitando así molestar a unos señores que tranquilamente van a gozar del espectáculo para luego nombrarlos del Jurado, que casi siempre alcanzan de lo suyo». Sería a partir de entonces cuando los propios colegiados, y no los jueces de terrero, dictaminarían sobre las caídas ajustadas, el agarre, las incorrecciones y demás incidencias. Esto hizo que, con el tiempo, desapareciera la figura de los jueces de terrero en la mesa federativa, que fueron sustituidos por los actuales directivos de clubes, que controlan el acta del encuentro, el tiempo de brega y la megafonía, como queda establecido en el reglamento.
En la actualidad, el árbitro de lucha canaria continúa siendo, como dijimos al principio, un mal tan necesario como imprescindible, con plenos poderes desde aquel famoso acuerdo en el primer mes de 1949 y al que en contadas ocasiones se le hace un reconocimiento. Como sería muy largo mencionar a todos y cada uno de los que han ejercido esa labor, hemos entendido que lo más justo es reflejar esta figura en una persona que, por su trayectoria, carácter y personalidad, además haya dejado huella en este mundillo.
Mendoza
Hablamos de Juan González Mendoza, nacido en Tegueste el día 3 de abril de 1942 e hijo de José González Hernández (tamborilero de la Danza de las Flores de Tegueste) y de Candelaria Mendoza Rodríguez. Mendoza, como se le conoce popularmente, es el tercero de diez hermanos y padre de once hijos, de los que dos han fallecido. Su relación con el deporte comenzó desde muy joven, pues fue jugador de fútbol aficionado en su localidad natal, cuando disputaban los partidos en el campo del Marajal, situado donde en la actualidad cruza la carretera general que va a Punta del Hidalgo. Y más tarde, en el campo de fútbol construido en el solar de Antonio del Castillo, detrás de la popular Sala Castillo.

Mendoza empezó su andadura en la lucha canaria de la mano de su paisano Timoteo Pérez, el Almanaque, al que le pusieron ese apodo por predecir con antelación los cambios de tiempo. Transcurría el año 1965 cuando Timoteo llevó a Mendoza a la sede de la Federación Tinerfeña de Luchas, sita en la avenida de La Trinidad y que era presidida por Félix Álvaro Acuña Dorta, para que formalizaran su primera licencia federativa como árbitro. Trámite que diligenció el entonces secretario de la Tinerfeña Alberto Simó Baute, del que Mendoza dice que guarda «muy buenos recuerdos» y al que considera «el mejor secretario que ha tenido la lucha canaria».
Un año después comenzó su andadura como árbitro de lucha canaria, alternando con la de fútbol hasta su retirada de este en 1989, aunque continuó tres o cuatro temporadas más pitando fútbol base y aficionado. También mostró interés en el mundo del boxeo, cuando asistía a los gimnasios para observar de los entrenadores y árbitros las técnicas y normas por las que se regulaba esa modalidad deportiva. Pero nunca llegó a federarse.
Como árbitro de lucha canaria empezó pitando encuentros de categoría juvenil. Recuerda que su primera luchada de campeonato fue en la temporada 1966-1967, fijada para un lunes en el terrero de Las Toscas de Abajo, en Valle de Guerra, entre los equipos del anfitrión San Isidro y la UD Tacuense. El martes, que era cuando los árbitros entregaban habitualmente las actas en la federación, coincidió allí con los presidentes de ambos clubes en plena tramitación de la correspondiente autorización para celebrar un encuentro el fin de semana. Y se sorprendió ante la solicitud de estos para que fuera él el árbitro que dirigiera dicha luchada. Eso quería decir que lo había hecho bien en su estreno.
Poco a poco fue adquiriendo experiencia y subiendo de rango progresivamente antes de alcanzar la máxima categoría, en la que llegó a dirigir encuentros de primera de carácter amistoso y algunos de ellos de torneos tan importantes como el de San Pedro, en Güímar. Su estreno oficial en primera categoría fue un Santa Cruz-Victoria de la temporada 1967-1968 en la plaza de toros de Santa Cruz, con Mario Tomás, Babache, y Juan Barbuzano como grandes reclamos de los equipos contendientes.
A la hora de elegir a su equipo favorito se decanta por el CL Tegueste, decisión que ahora expone sin reparos pero que siendo árbitro no se podía permitir. En cambio, si le preguntan por aquellos luchadores que le causaron admiración, sí lo hace rápidamente por los de poco peso, refiriéndose sobre todo a Pepillo Santana y Lucio Esteban Hernández, Estebita. En cuanto a los puntales, elegir al mejor le resulta muy complicado. Y lo argumenta afirmando que todos eran muy buenos, aunque siente especial predilección por José María González, Parri II, del que dice que fue «un coloso y auténtico caballero en los terreros al que estoy agradecido por el buen trato que me dio en todo momento y con el que sigue honrándome».
Para Mendoza, la mejor gestión en la Federación Insular de Tenerife fue la de Félix Álvaro Acuña Dorta (1959-1968), al que acompañaba su mano derecha y secretario Alberto Simó Baute. Fue la época dorada de nuestro deporte, cuando más equipos y luchadores hubo y en la que coincidieron los potentes Santa Cruz, Real Hespérides, Tegueste, Rosario, Victoria, UD Tacuense… Es sabido que Acuña Dorta se caracterizaba, entre otras aplaudidas consideraciones, por mirar a todos por igual y con un trato exquisito. Es más, cuando había modificaciones o innovaciones en los reglamentos no comenzaba la temporada hasta que se les explicaban a todos dichos cambios.
Cuando repasamos actuaciones del colectivo arbitral, Mendoza destaca a dos colegiados: Segundo Gutiérrez y Antonio Cairós, ambos de Valle de Guerra. Pero si tiene que elegir al mejor compañero se decanta por Manuel Díaz Brito, cariñosamente conocido como Mascarita por su tono de voz. Ciñéndonos a lo meramente deportivo, este carismático exjuez de los terreros (Mendoza) cuenta que el encuentro más complicado que pitó fue en el municipio palmero de Los Sauces. El terrero era tan pequeño que se tenía que mover con mucha velocidad para evitar las continuas salidas de los luchadores fuera del círculo de brega o las caídas ajustadas. Hasta el punto de que confiesa que «se me complicaron mucho las cosas y fue de las pocas ocasiones en las que pensé que la luchada se me iba de las manos».
Mendoza también tiene recuerdos en forma de agradecimiento para los luchadores capitanes de equipo, que eran los que antiguamente sacaban las luchas (decidían quién salía a luchar) —en la actualidad lo hacen los mandadores y entrenadores—, «porque me facilitaron mucho las cosas; uno de los que guardo buen recuerdo es Pepillo Santana, por su colaboración en todo momento. También los había que te complicaban las cosas, como el caso de Félix Brito, que en el transcurso del encuentro tenía un carácter muy fuerte y sin embargo en la calle es un pedazo de pan. También eran complicadas de pitar aquellas luchadas en las que se quedaba un puntal solo, agarrada tras agarrada, ya que había que tener mucho cuidado a la hora de pitar amonestaciones porque sabías que una decisión tuya podía ser determinante para decidir un encuentro».
A pesar de no haber vivido muchos incidentes desagradables, de su etapa inicial como árbitro de lucha canaria, cuando comenzaba a destacar, tiene muy presente haber sido víctima de una agresión cuando dirigía un encuentro en el terrero de Las Carboneras, materializada precisamente por un teguestero: «Lo peor que llevé fue que viniera de un vecino, además de tener que trabajar con dos costillas rotas durante dos semanas. Decidí no identificarlo en el acta y por lo tanto no se llevó castigo federativo alguno más que la repudia por su acto, pero, eso sí, después nos hemos cruzado muchas veces por el pueblo para su sonrojo».
De entre sus muchas anécdotas en el arbitraje recuerda dos especialmente. Una fue durante el encuentro de fútbol Gara-Aridane que pitó en Garachico: «Era domingo de Ramos. Cuando en el transcurso del partido me percaté de que pasaba la procesión por la calle, lo paré y esperé a que finalizara el paso para reanudarlo; la verdad es que fue muy comentado».
La otra anécdota, que motivó muchos comentarios de todo tipo y hasta alguna incertidumbre, sucedió en el transcurso de la luchada entre el Santa Cruz y el Victoria en la plaza de toros. Al respecto, Mendoza dice que «Mario Tomás, Babache, que defendía los colores del equipo de la capital, tenía la barbilla apoyada en la espalda de Juan Barbuzano y la movía constantemente haciendo presión sobre el puntal del Victoria. En el momento que se acercaron a la raya que delimita el terrero de brega paré la agarrada y le advertí a Babache que si volvía a tener la misma actitud lo amonestaría. Y con el brazo señalé para la caseta. En la mesa federativa se encontraba Pedro Martín Hernández, persona de confianza de la federación que llevaba la megafonía en los encuentros importantes y que entendió que lo estaba mandando a la caseta [a Babache] expulsado. Se armó gran revuelo ante unos once mil espectadores, pero de inmediato me dirigí a la mesa para aclararle que se había tratado solo de una advertencia y que no había amonestado a Babache. Aunque de entrada el propio Pedro Martín fue reacio a entender mis explicaciones, al final se aclaró todo y la agarrada se reanudó. Después, la prensa deportiva publicó que había sido el propio Juan Barbuzano quién había mediado para solucionar el problema aceptando continuar en la brega, cuando en realidad fui yo quien lo aclaró todo, lo demás fue una leyenda urbana que a día de hoy se sigue comentando».
La experiencia de Mendoza le permite ver las cosas desde un punto de vista privilegiado, lo que le legitima para dar su versión sobre los problemas de nuestro deporte y sus posibles soluciones. Y en ese sentido nos comenta que «la diferencia entre la lucha de antes a la de ahora se basa principalmente en la preparación física; antes se trabajaba mucho el pantalón [entrenamientos técnicos a base de practicar mucho las mañas] y se salía a tirar al contrario sin miedo a caer. Hoy se cuida prioritariamente la condición física y se visitan demasiado los gimnasios. Incluso los continuos cambios del reglamento también han perjudicado a la lucha canaria en algunas ocasiones. Los árbitros tienen que entender que el reglamento no se puede aplicar a rajatabla, que hay que tener un poco de mano izquierda y psicología, pero eso te lo da la experiencia. Los colegiados tienen que estudiar a los luchadores, saber quiénes son los que rehúyen la brega, los que provocan las amonestaciones o la pasividad; se tienen que adelantar a los acontecimientos y controlar al infractor. Las diferencias entre la forma de arbitrar un encuentro de fútbol o de lucha son muy pocas, por similares; lo único que lo cambia es el reglamento».
Este icono del arbitraje en la lucha canaria se caracterizó por su fuerte personalidad; siempre fue respetado por los luchadores y directivos y dejó tal constancia en el terrero de su neutralidad que hasta el club de su pueblo (CL Tegueste) prefería que no les pitara, porque entendían que en su afán de ser justo los perjudicaba. Mendoza se pudo equivocar, como todo ser humano, pero de manera involuntaria. Tampoco benefició a nadie en el terrero, aunque reconoce que sí lo hizo con el bolígrafo a la hora de redactar aquellos famosos informes aparte que se adjuntaban al acta de los encuentros para mejor conocimiento de los hechos en la federación.
La satisfacción más grande que le queda es haber estado en todos los terreros de lucha del archipiélago canario y hacer grandes amistades, como es el caso de Fernando González, abuelo de Pedri (actual jugador del FC Barcelona) y al mismo tiempo familiar suyo; también tiene mucha amistad con el asimismo teguestero Florencio Rodríguez, Encho; y con Pepe Álvarez, expresidente del Tijarafe y que da nombre al terrero de Santa Úrsula. En general tiene muchos amigos y también el respeto ganado de los luchadores.

Siempre colaboró en todo para lo que fue requerido y ha hecho lo que estuvo de su mano por la lucha canaria, dejando un legado espectacular en el mundo del arbitraje. Su hermano Daniel fue también árbitro de lucha, pero lo tuvo que dejar por problemas cardíacos. Su hija Candelaria González, Cande, fue primero luchadora en varios equipos (Siempreviva y Araya) y después árbitra de lucha canaria. Además, tres de sus sobrinos fueron árbitros de fútbol, al igual que tres de sus hijos, llegando uno de ellos (Quico) a juez de línea (denominado ahora árbitro auxiliar) internacional durante catorce años, tras diecinueve temporadas en primera división acompañando, entre otros, a su paisano árbitro principal y figura internacional Juan Manuel Brito Arceo, además de pitar en tercera división.
En este sentido, Mendoza se siente orgulloso de haber pitado a su hija Cande en la lucha canaria y a tres de sus hijos en el fútbol, donde expulsó a dos de ellos con tarjeta roja directa por no saber diferenciar la figura del padre de la del árbitro. Con este bagaje personal suyo, es de obligado cumplimiento decir que la lucha canaria tiene una deuda moral con él, ya que se mereció un reconocimiento público de despedida a la altura de los grandes puntales de nuestro deporte.

Resulta de justicia reconocer que ha habido ingratitud con la gente que lo ha dado todo por nuestro deporte, cuando hablamos de presidentes de clubes, directivos, árbitros… Personas que pusieron su tiempo, entusiasmo, conocimientos y hasta dinero por esta disciplina deportiva ancestral y nunca fueron reconocidas. A Mendoza, particularmente, le fallaron hasta algunos de sus propios compañeros, que no supieron estar a la altura de las circunstancias y dejaron que su enorme desprendimiento y su envidiable popularidad (tal vez por eso, en algunos casos) se fueran diluyendo con el paso del tiempo. Por esa trayectoria de mérito hemos elegido su figura para hacer el reconocimiento público que se merece, deseando modestamente que este capítulo ayude a perpetuar su paso por la lucha canaria.